Ayer, por error se me coló una cosa que estaba escribiendo a mi blog y se ha enviado automáticamente a todos mis queridos seguidores. Como quiero que sigaís siéndolo, por favor no os leáis (estaría bueno!!!) y disculpad la intromisión.
Os cuento solo que empecé a mis nuevas sesiones de quimio y que, a sábado, sigo sin efectos destacales aunque me han dicho que en unos días tendré algunos dolores musculares pero fácilmente eliminables con pastillámenes varios (tengo un botiquin que ni los baúles de la Piquer) y que estaré casi tooooooda la próxima semana en Portobelo viendo la vida pasar.
Os mando un abrazo enorme y en cuanto haya escribible en mi vida, os lo cuento!
Bitácora de un viaje por el cáncer. De un viaje que no va a matarme, que no va arrastrarme. De un viaje que es más bien una piedra en el camino, en éste que me mantiene entre el estar y el ir.
domingo, 31 de octubre de 2010
sábado, 16 de octubre de 2010
Sin contrincante en el ring
El viernes pasado, contra mi pronóstico, el doctor que sustituye a la oncóloga (quién está en un congreso de oncoturismo, diría nuestro amigo Jesús Cárdenas) me miró a los ojos y me dijo: no veo ninguna razón para no darte la última sesión. ¿Ninguna razón? ¡Pero si me he pasado casi 12 días de los 15 que hay entre una sesión y otra sufriendo como condenada! Pero mi opinión es demasiado subjetiva y aquí lo que vale es el dato del linfocito; y ese, lo tengo de miedo; así que con los ojos medio llenos de lágrimas como aquellas que llenaban los de Heidi, de esas que no terminan de caer pero te generan el mismo atragante en la garganta, me senté en el sillón como quien va al matadero. ¡La última! era lo único que pensé durante las casi dos horas que dura la sesión. Y además, como dijo el doctor: ya has conocido el abanico total de efectos; esta vez, nada te va a pillar de nuevo. Dos argumentos poderosos: el final del túnel y el arsenal de remedios.
Y así volví a subir al ring, pertrechada con mis mejores armas. Entre las cuerdas, a la espera, me veía como “Hija de Karonte” o “La Maligna”, heroínas de lucha libre mexicana. Sólo de imaginarme con esa máscara, esos músculos y esa habilidad para saltar sobre el contrincante ¡me pongo tan contenta! Si fuera profesional de la lucha, me gustaría llamarme como me definieron alguna vez: "Huracán Yaviza".
Viernes, nada; sábado, golpecillo casi inexistente; domingo, medio de broma; lunes, martes… pero, ¿para cuándo el último embate? ¿Para cuándo llegan los efectos de esa acumulación lógica de toxicidad? ¿Dónde está el malestar general, dónde las náuseas, dónde la tristeza que te embarga por las noches?¿O es que me han metido agua? ¿La última iba de placebo? Porque lo que no puedo ni creer es que el cuerpo se acostumbre a esto... Les juro que estoy desubicada. Que estamos a sábado y he esperado a que pase una semana para declararme “libre de quimio dura” como Panamá se declara “libre de fiebre aftosa”. Pero si empecé con un humilde empate a cero ahora me he quedado moviendo los puños sin llegar a golpear, haciendo esos saltitos medio de entrenamiento en las cuerdas y vestida como en esas peleas, con mallas ridículas y máscara de tigresa. He ganado sin combate y eso, a una, le deja como compuesta y sin novio.
Viernes, nada; sábado, golpecillo casi inexistente; domingo, medio de broma; lunes, martes… pero, ¿para cuándo el último embate? ¿Para cuándo llegan los efectos de esa acumulación lógica de toxicidad? ¿Dónde está el malestar general, dónde las náuseas, dónde la tristeza que te embarga por las noches?¿O es que me han metido agua? ¿La última iba de placebo? Porque lo que no puedo ni creer es que el cuerpo se acostumbre a esto... Les juro que estoy desubicada. Que estamos a sábado y he esperado a que pase una semana para declararme “libre de quimio dura” como Panamá se declara “libre de fiebre aftosa”. Pero si empecé con un humilde empate a cero ahora me he quedado moviendo los puños sin llegar a golpear, haciendo esos saltitos medio de entrenamiento en las cuerdas y vestida como en esas peleas, con mallas ridículas y máscara de tigresa. He ganado sin combate y eso, a una, le deja como compuesta y sin novio.
Ya está, ya pasaron los dos meses, ya tuvimos cuatro ciclos y no dejo de recordar las palabras del principio: paciencia, que esto se pasa y reivindico, más que nunca, el “ello parará” de la sabiduría riojana o el más famoso “no hay mal que cien años dure”. Luego vendrán más sesiones de otra quimio pero me aseguran que los efectos negativos serán muy reducidos, que tan solo me seguirá la cara de pardilla que se me ha quedado al caerse el pelo, pero poco más.
Y puestos a seguir con miedo, tan solo me queda decir que ya empiezo a asustarme ante la normalidad. O sea, ¿que quizás voy a estar normal en un par de semanas? ¿Que dejarán mi familia y mis amigos de tratarme con tanto mimo y amor? ¿Que dejaré de sentirme una pobrecita a la que hay que cuidar y tendré que volver a poner cara de comerme el mundo y parecer que puedo con tó? Ay! Que le había cogido gusto al sentirme tan, tan querida… Y una no sabe cómo agradecerlo. ¡Ha sido extraordinario sentirme así! Ha sido tan emocionante, tan inesperado recibir tanto cariño que me resulta difícil volver a la normalidad. De hecho, ahora mismo acabo de decidir que seguiré sintiéndome querida, con o sin blog, con o sin quimio. Que esto no se me va a olvidar y que, queráis o no, os tendré de bastiones y os pondré de ejemplo.
Gracias y lo digo pensando en cada una de vosotras, en cada uno de vosotros. Gracias por atenderme, por pensar en mi, por leer lo que tan bien me ha sentado escribir, por cercar con una especie de círculo de amor este susto. Ojalá querer os haya sentado tan bien como a mí, ser querida.
Gracias y lo digo pensando en cada una de vosotras, en cada uno de vosotros. Gracias por atenderme, por pensar en mi, por leer lo que tan bien me ha sentado escribir, por cercar con una especie de círculo de amor este susto. Ojalá querer os haya sentado tan bien como a mí, ser querida.
lunes, 4 de octubre de 2010
Solo de quimio…
Muy felices me las veía yo el viernes por la mañana cuando escribí, intuyendo la salida del túnel, de mis pareceres sobre la salud pública y los recortes en materia social. Cerré el ordenador como para bajarme del ring, cuando una mano invisible me agarró por la solapa y volvió a ponerme tras las cuerdas. Otra vez la bomba, arrasadora y cruel me golpeó hasta aturdirme en lo que los doctos llaman el tracto grastro-intestinal. Mucositis, se llama la vaina. Destrucción de mucosas desde la boca al intestino delgado. Lo más conocido: llagas por toda la boca. El resto, difícil de describir. Tos indefinible debido a las celulillas despegadas que, a su paso por la tráquea, se encontraba el aire que respiro; ruido en la garganta como de puerta mal engrasada, molestia estomacal parecida a una úlcera repetida en varias zonas y otras más conocidas y ya descritas: sabor de boca nauseabundo a pesar de carecer (a mi parecer) de papilas gustativas disponibles para saborear nada y dolor de cabeza; este último debido a que la quimio también cambia mi ciclo hormonal – por si alguien sigue aún creyendo que tras la nube tóxica, queda títere con cabeza…-
Esta mañana al levantarme bastante mejor, gracias sin duda a unos cien remedios entre farmacológicos y alternativos que estoy tomando, he pensado en contarlo por una razón muy poderosa. Creo que la bomba, celosa de perder su protagonismo, se molestó cuando atravesé la frontera de mi relato para hablar de temas sociales (si ya el título lo decía: no me la perdonan; pero nunca pensé que fuera ella, la bomba la más ofendida…). Así que obediente y temerosa aquí estoy, siguiendo sus designios, para declarar que ella es lo único que me importa todavía; la quimio es, aún, el centro de mi existencia y ni política, ni trabajo, ni literatura, ni programación televisiva se le acercan en interés. Dicho está. Espero que con esto valga porque el sábado estuve a punto de desfallecer, de escribir en el blog: hasta aquí llegué con el tratamiento. No quiero soportar un golpe más.
Como no está en mis manos el paso del tiempo, tras el sábado llega inexorablemente el domingo y tras este, el lunes y ya estoy en la curva de bajada de esta mucositis, con pinta de recuperada y con la cabeza en la que vuelve a caberme la idea de un nuevo round. No sé si para el viernes será posible o se retrase una semana más o quizás, como me dijo ayer la oncóloga, con una dosis un 20% menor (qué me están metiendo para poder reducir sin miedo una quinta parte????) pero estoy segura de que puedo con lo que se les ocurra porque para eso, como me decía ayer mi primo Miguel, está la cabeza. Que por alguna razón, la quimio puede con las mucosas pero no con las neuronas. Y por eso os lo escribo, para encontrarle un punto de vista irónico a este suplicio, para fortalecerme con la idea de que cada día que pasa es un día menos y que, aunque amplia y diversa la gama de efectos, sigo dispuesta a conocerlos todos por aquello de “por si las moscas” que es, como entiendo, la razón científica de esta locura.
viernes, 1 de octubre de 2010
Esta quizás, no me la perdonan
He tenido que leer varias veces lo que escribí la semana pasada para asegurarme de que volveré a sentirlo. Hoy viernes, a una semana ya del 3° round sigo con malestar, con molestias en la garganta (ahora tengo las llaguitas que tenía en la boca la semana pasada, en la laringe; que no me privo de nada!) y con ciertas náuseas. Creo que mañana estaré casi, casi bien y el domingo, para festejarlo, me comeré una paella o macarrones que es, sin duda, mi comida favorita! Viva la nouvelle couisine!
Pero dejémonos de sufrires físicos. Hoy voy a mojarme. Pienso escribir, para lectura y aburrimiento de quien me lee lo que pienso de la Democracia y del Reino de los Cielos, que, bien mirado, podría ser lo mismo. Me explico. ¿No creéis que es el cielo un mundo en el que la ciudadanía (o sea, los hombres y mujeres que vivimos en él) somos los dueños y para organizarnos, delegamos en manos de aquellos profesionales que se lo disputen, la capacidad de organizar las cosas y de atendernos como merecemos, o sea, como dueños?. Pues eso es más o menos la democracia, ¿verdad? Ese es el contrato social que se aprobó (por cierto, expresamente solo para hombres según Rousseau, por eso se está arreglándolo para mujeres en el último siglo…) hace ya un par de siglos con la revolución francesa y que daba el poder al dueño; o sea, al pueblo. Se acabaron los monarcas venidos del cielo, los privilegios de la nobleza, la iglesia como poderosa rectora, los feudos y los esclavos. Somos los dueños del aire, del agua, de los ríos, de los mares, de la luz del sol, de las fuentes de energía, de las riquezas del subsuelo y eso nos hace millonarios. Mucho más ricos que Bill Gates, al que ya le gustaría disponer de una parte de la atmósfera, venderla por internet y luego con las “ganancias” decidir qué enfermedad tropical o qué país africano atender y sentirse como Dios.
Y bueno, si somos millonarios, dueños y señores (millonarias, dueñas y señoras también) y tenemos un estado organizado para atendernos, no es mucho pedir que en esa atención se incluya la de la salud, la educación, la justicia, el cuidado de bebes, de los mayores… porque de eso se trata, de que nos traten como a reinas, como a reyes, como a dueños y señoras de lo que somos, del país, del mundo.
Ya sé que corren vientos de ahorro, de reducciones presupuestarias, de volatilidad bursátil (qué poco me gusta escribir esa palabra. Detesto la bolsa y todo lo que se relacione con la especulación financiera); ya sé que nuestros “empleados” hablan de bajarse el sueldo y que hay quejas entre los “arrendatarios” (empresas que disfrutan de los bienes de todos) sobre el precio que hay que pagar por las carreteras por las que circulamos, por los puertos desde donde se reciben o envían mercancías, por el suelo que se recalifica, por la juventud que se les proporciona formados para generar riqueza y por ello nos venden la idea de que la bajada de impuestos es la solución a todos sus males. Ya sé también que desde hace un par de años hay que atender las necesidades urgentes de quienes inventaron el precio del dinero, de quienes dijeron que un dólar era un papel que no se sostenía con ningún valor atrás, de quienes jugaron sin red para hacerse millonarios y se marcharon por la puerta grande dejando el destrozo que han dejado, pero eso no puede hacernos perder el norte: Somos los dueños, las dueñas del mundo y quienes trabajan para nosotros deben de atendernos como merecemos. Y a eso voy.
En Panamá, como en la mayor parte del mundo, los dueños del país no tienen buena atención médica y solo quienes tienen dinero pueden recibir lo que en otras latitudes se llama “servicios de salud dignos”. Solo quienes tienen dinero, solo a los privilegiados. Como antes de que se llamara a esto, estado democrático, como en un estado feudal. A mi si me atienden, pero ni siquiera porque tengo seguro sino porque tengo dinero.
Mi seguro, uno medio serio según dicen, considera que mi operación era estética y muy cara y decide (unilateralmente, sin que exista nada escrito ni argumentos médicos que me puedan mostrar) devolverme tan solo el 30% de lo que me he gastado. Según ellos, la oncóloga, cobra 3 veces más de lo que el seguro reconoce como normal (debe de ser listísima…) y ellos me devuelven el 30% de ese monto que suponen normal. Del tratamiento de quimio, tengo que pagar el 30%. Total: esto cuesta unos 18.000 dólares. Si hacemos la comparativa en términos de renta per-capita con España, esta broma costaría unos 25.000 euros (eso teniendo un seguro respetable, no hablemos de los que nunca pagaron por uno!!).
No creo que ni un 30% de la población de este país cuente con recursos disponibles para pagar este monto, lo que les llevaría o bien a no ser tratados como merecen o bien a endeudarse para que bancos y aseguradoras sean felices y coman perdices. Y eso que son dueños y dueñas del Canal de Panamá, de cientos de kilómetros de costa en el pacífico y en el Caribe, de miles de hectáreas de selva tropical, de las mayores reservas de cobre de América Latina. Y eso que son dueños de un país entero…
Por ello, cuando se oye hablar contra el estado de bienestar, a una se le ponen los pelos de punta. Volver a las tinieblas, al reino del mal. ¿De verdad que se sostiene la idea de que la culpa de todo la tiene el dueño que se enferma? ¿Alguien se cree que, a pesar de haber incrementado la productividad en el mundo en más de 17 veces en los últimos 50 años la culpa la tienen los viejos que viven mucho o que la gente trabaje poco? ¡¡Pero si deberíamos, a juzgar por ese dato, de poder jubilarnos a los 40!!. Si con nuestros recursos hay gente muy rica (pero muy, muy rica, tanto que cambian el valor de una moneda tras una reunioncita en un hotel) es que están pagando poco por lo que usan. Y no me digan que los impuestos colapsan a las empresas porque no estaría Suecia o Noruega entre los países de mayor renta del mundo, sino Burundi o Senegal…
Menudo rollo. Debo de estar mejor, aunque me queje. Aunque tengo todavía malestar estomacal. Aunque no esté tan contenta como para poder cantar. Mañana será mejor y les anuncio que queda solo una. Que el próximo viernes me meto en el cuerpo la última dosis de veneno duro y que a partir de ahí, solo escribiré lindezas y hablaré amor y de paz.
jueves, 23 de septiembre de 2010
Vaivenes y alegrías
Seamos sinceros. El bienestar es mal inspirador de reflexiones. ¿Conocen algún poeta que gozando de buena salud, tras disfrutar de una opípara comida, recibir el amor correspondido de su amante, y cobrar una importante cantidad de dinero por su última publicación ideara alguna poesía imperecedera? Me temo que no. Y eso es básicamente lo que me ha pasado esta semana. ¿Qué les cuento yo a estos “seguidores” míos si estoy como una señora? ¿De qué hablo yo en este blog -cuya responsabilidad ahora me pesa- si no estoy al tanto ni de política ni de ningún tema de actualidad que no fuera mi propio yo y ese yo lo único que puede decir es: “me encuentro entre bien y muy bien, gracias”?.
Pensé en escribir sobre la amistad (que tanto valoro siempre y muy especialmente ahora) pero Rosa Montero se me adelantó y escribió un buen artículo sobre ello en El País. Pensé en hacerlo sobre las bondades de la familia numerosa que tan bien me ha venido en estos momentos (Gracias Pilar! Gracias Maria Luisa!) pero se me vinieron a la cabeza algunos otros inconvenientes y me dije: en ese lío, yo no me meto y ahí me quedé como seca, sin ideas.
Y es que, aunque la semana pasada los horrores físico-mentales me hicieron sentirme como os conté (o sea, de la chingada!), amanecía el lunes y sentí nuevamente que la vida es una gozada, que la lluvia (no sólo en Sevilla…) es una maravilla y que la luz no sólo sirve para activar la clorofila que tan loca me volvió en la carrera sino para ver en Panamá la delicia que me ha hecho quedarme tanto tiempo.
También debe de ser efecto de la quimio ese subidón anímico que sientes, por lo que estoy por pedir el componente que me hace disfrutar así para entregarlo, en pequeñas dosis, a cuantos desesperados, desesperanzados y desanimados (iba a añadir la –a a todos los adjetivos pero la verdad es que las mujeres que me rodean son siempre tan optimistas!!) encontramos a nuestro paso porque me siento tan contenta que me encantaría repartir alegría por doquier.
Así es la quimio, una montaña rusa que te hace conocer el infierno y te sube al séptimo cielo en menos de una semana y así es el cuerpo, una materia moldeable que permite esa transformación. Mañana vuelvo al gris-marrón, al eterno malestar, a la nube tóxica. Y van tres. Suerte y al toro, me digo, y a la vuelta os cuento.
viernes, 17 de septiembre de 2010
Sin paliativos
Esto es una putada. Esta enfermedad (o esta curación…) es una putada. Y hoy voy a sacar el enfado que tengo porque también, dicen, esto es parte del “duelo”. El segundo round ha sido menos dramático que el primero. Sabía lo que me esperaba y tenía nada más y nada menos que una hermana cuidándome (Pilar, quien se ha solidarizado de tal forma que duerme lo mismo que yo, llora cuando yo lo hago y ayer, hasta dijo: tengo la bnoca como seca...). Tomé mis medidas en lo más importante: el agua y la evacuación (disculpen lo escatológico) y las nauseas se fueron a la mitad, el dolor de cabeza, la sensación de intoxicación pero, aún así, me quejo. Esto es una putada.
La boca. Tengo varias sensaciones. Una es como si no me hubiera limpiado los dientes desde hace unos 2 meses algo que, les juro, es falso. La otra es como si estuviera masticando una moneda de peseta de las de Franco (si, esas donde ponía 1 pta. y salía el calvo de perfil). Una más: es como si te bajaras de un bus de Ansa (Continental o Alsa, que no me voy a poner regionalista...) pero hace años; o sea, cuando la gente fumaba dentro y te hubiera tocado al lado de un viejo con un puro. ¿Recuerdan la sensación? Y finalmente empiezan las llagas, la boca como con heriditas. Y esto no va a menos.
El cuerpo. Un profundo cansancio te invade. Las piernas no te aguantan, crees que no puedes mantener la cabeza erguida y cuando te sientas a la mesa a comer, lo haces apoyada sobre el brazo, como una niña malcriada. Además las almorranas (vuelvo con lo escatológico pero quiero que todo el mundo lo sepa!), la acidez de estómago y los gases. Tengo una cicatriz abdominal a la que Pilar llama el “camino de Santiago” de más de 50 cm. que tira al levantarte. Me molesta mucho verme sin pelo, con los ojos hundidos, con ojeras. Me da lástima mirarme.
La herida. Creo que dije que se me abrieron los puntos de mi recién estrenada teta/tripa (la reconstrucción trajo carne de ese lado) y tengo una herida no cerrada a la que hay que limpiar y limpiar cada 4 horas. Emite un olor desagradable, entre el metano y el azufre que se me ha quedado para siempre en la pituitaria. No lo soporto. Bueno, si lo soporto pero me cuesta.
El humor. Estoy entre triste y apagada. Se apodera de ti, además, una idea: esto no sirve para nada. 10,000 dólares de productos químicos (el seguro cubre gran parte, tranquisssss) sólo sirven para matar hormigas a cañonazos. ¿Qué es eso de que “te damos quimio por si hay alguna célula que se haya salido fuera del tumor”?. Parece tan poco científico… Pero bueno, supongo que la sospecha te asalta porque estás mal, con mal humor y con ganas de que esto pase. Pero claro que sí, voy a seguir!. De hecho, dentro de otra semana, el próximo viernes volveré a sentarme en ese sillón, a dejarme que me metan algo en el cuerpo que me hará sentirme de la chingada (gracias México por esa palabra!). Hoy, sólo de pensarlo me entran ganas de llorar. Seguro que mañana lo veo mejor y esa es la idea que debo de dejar que crezca en mi cabeza: esto se acaba.
No estoy deprimida ni desesperada pero quería escribir también esto aunque no sea ni poético, ni profundo ni simpático. Quería deciros que tengo rabia, que cuando supe del cáncer no pensé en la putada que era, si no en el miedo a morir. Ahora, que por alguna razón ese miedo ha desaparecido, me quejo del proceso. Pero no se preocupen. Tengo un raudal de historias de asesinatos nórdicos dispuestos a esclarecerse en las páginas de varios libros. Es lo que tiene estar tumbada, que dejas que hasta Suecia te entretenga.
sábado, 11 de septiembre de 2010
Segundo round con Elena
11 de septiembre, hoy hace un año. Mientras el mundo mira hacia la barbarie de las torres gemelas o al magnicidio de Allende, este día está marcado en mi vida como aquel en el que, como un rayo, un aneurisma se llevó a Elena, mi socia, mi amiga. Dejó a Mario, su marido, a sus padres, a sus hermanos con una vida marcada para siempre. A Matías y a Julia, sus enanos, con una ausencia imposible de explicar ni con cuentos, ni con abrazos de “tietas”, ni con regalos. Sus amigos, sus amigas, seguimos sobrecogidos con la experiencia de la indefensión ante la vida pero con el recuerdo imborrable de su humor, de su brillo con la palabra, de su sensatez, de su pragmatismo, de su honestidad sin recovecos, de su frialdad reconocible en ternura, de su belleza como del sur... Elena Gutierrez Bergareche (Gutierrez qué? Cuántas veces nos reímos de esa bobada), exhaustiva conocedora de las letras de David Bowie, de Les parapluies de Cherbourg y Mari Trini... No te olvidamos Elena, sigues viva entre nosotros.
La muerte de Elena ha sido, sin lugar a dudas, el shock más fuerte de mi vida. La muerte de Camino, mi hermana, o la de mi madre -extraordinariamente dolorosas- fueron crónicas anunciadas. La de Elena, por inexplicable, repentina, por difícil de compartir con otros, supuso un golpe único. Si creyéramos en la teoría de la “nueva medicina” de Hamer (gracias Juncal!), el tumor habría surgido como respuesta del cuerpo a ese trauma y no sólo eso, supondría su proceso de curación. Tumor de mama derecha: shock vinculado con una pérdida de alguien “horizontal” (amistad, amor), shock “vertical” (un hijo, una hija) iría al izquierdo: el de mi madre al saber el cáncer de su hija… Lo dejo ahí pero resulta curioso pensar en esa vía, ¿no? Así que, de acuerdo al Dr. Hamer, me estoy curando.
Pero no era de Hamer de quién quería hablar ni siquiera de mi reciente calvicie… ayer me desperté con la coronilla como seminarista de los 40’s y me fui a rapar, trauma de unos 20 minutos que se saldó con una risotada al oír de Pilar, mi hermana más “sinsorga”, que parecía el Dalai Lama o un hare krishna (hare, hare). Pero no, yo hoy quería hablar de otra cosa. Quería hablar del estar. Del vivir hoy.
Un día gris de la semana “chernobyl”, pensando en cómo viviría si me quedaran dos años de vida, si me diagnosticaran por ejemplo, metástasis, evoqué a Elena. ¿Qué hubiera hecho ella de saber que le quedaban doce meses? ¿Habría dejado el trabajo? ¿Habría cogido a los niños y a Mario y emprendido un trepidante viaje por el extremo oriente? ¿o quizás lo habría dejado todo y habría escapado sola a vivir otras vidas? Nadie puede asegurarlo, pero a mí me resulta difícil de creer. Se habría levantado cada mañana y ayudado a Matías con el desayuno y a Julia, ¡si Julita se lo permitía!, a vestirse mientras miraba cómo entra la luz sobre esa magnífica torre medieval de Medina desde su ventana. Habría discutido sobre si ir ó no al monte con Mario el domingo o si hacían, como ella preferiría, un plan más “urbano” mientras escuchaba Radio 3. Habría, probablemente, vivido cada día intensamente y con esmero; ella que tan bien sabía reconocer lo importante. Y eso es estar. Y eso es lo que quiero aprender de este viaje. A estar, a vivir el presente y no, como suelo, vivir en el futuro.
Inicio del segundo round, todavía hoy me siento bien. Va por ti Elena, va por el privilegio de haberte conocido; con gratitud y alegría por haberte tenido de amiga, de socia; por la delicia que nos has dejado en tus hijos, mis sobrinos y por la casi certeza de saber que la luz de la ventana en tu salón, habría sido el cotidiano placer de vivir el día a día.
La muerte de Elena ha sido, sin lugar a dudas, el shock más fuerte de mi vida. La muerte de Camino, mi hermana, o la de mi madre -extraordinariamente dolorosas- fueron crónicas anunciadas. La de Elena, por inexplicable, repentina, por difícil de compartir con otros, supuso un golpe único. Si creyéramos en la teoría de la “nueva medicina” de Hamer (gracias Juncal!), el tumor habría surgido como respuesta del cuerpo a ese trauma y no sólo eso, supondría su proceso de curación. Tumor de mama derecha: shock vinculado con una pérdida de alguien “horizontal” (amistad, amor), shock “vertical” (un hijo, una hija) iría al izquierdo: el de mi madre al saber el cáncer de su hija… Lo dejo ahí pero resulta curioso pensar en esa vía, ¿no? Así que, de acuerdo al Dr. Hamer, me estoy curando.
Pero no era de Hamer de quién quería hablar ni siquiera de mi reciente calvicie… ayer me desperté con la coronilla como seminarista de los 40’s y me fui a rapar, trauma de unos 20 minutos que se saldó con una risotada al oír de Pilar, mi hermana más “sinsorga”, que parecía el Dalai Lama o un hare krishna (hare, hare). Pero no, yo hoy quería hablar de otra cosa. Quería hablar del estar. Del vivir hoy.
Un día gris de la semana “chernobyl”, pensando en cómo viviría si me quedaran dos años de vida, si me diagnosticaran por ejemplo, metástasis, evoqué a Elena. ¿Qué hubiera hecho ella de saber que le quedaban doce meses? ¿Habría dejado el trabajo? ¿Habría cogido a los niños y a Mario y emprendido un trepidante viaje por el extremo oriente? ¿o quizás lo habría dejado todo y habría escapado sola a vivir otras vidas? Nadie puede asegurarlo, pero a mí me resulta difícil de creer. Se habría levantado cada mañana y ayudado a Matías con el desayuno y a Julia, ¡si Julita se lo permitía!, a vestirse mientras miraba cómo entra la luz sobre esa magnífica torre medieval de Medina desde su ventana. Habría discutido sobre si ir ó no al monte con Mario el domingo o si hacían, como ella preferiría, un plan más “urbano” mientras escuchaba Radio 3. Habría, probablemente, vivido cada día intensamente y con esmero; ella que tan bien sabía reconocer lo importante. Y eso es estar. Y eso es lo que quiero aprender de este viaje. A estar, a vivir el presente y no, como suelo, vivir en el futuro.
Inicio del segundo round, todavía hoy me siento bien. Va por ti Elena, va por el privilegio de haberte conocido; con gratitud y alegría por haberte tenido de amiga, de socia; por la delicia que nos has dejado en tus hijos, mis sobrinos y por la casi certeza de saber que la luz de la ventana en tu salón, habría sido el cotidiano placer de vivir el día a día.
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